LAS MUSAS

LAS MUSAS

 

Yo, pastor sin rebaño,

labrador sin tierra y sin arado,

aprendiz de todo y maestro de nada,

he creído escuchar, quizás en sueños,

el melodioso canto de las musas,

las que el Olimpo engendró

bajando de sus nieves seculares y eternas

hasta las suaves colinas de Eleuter.

Allí, donde una brisa juguetona, sensual y cálida,

levanta el peplo y revuelve los cabellos

de la bella Mnemósine.

Himeneo fecundo, tálamo agreste, semental divino,

nueve veces rasgado el himen de la vida,

pariendo, dejó para nosotros las diosas más humanas:

las musas inmortales para olvido de males

y remedio de preocupaciones.

Quizás fuera en sueños, pero yo las oí;

escuché el silencioso batir de sus alas invisibles,

el susurro zalamero de su voz.

Yo, pastor sin reses,

oprobioso labrador de tierras ajenas,

siempre a contracorriente de todos los Olimpos,

he sentido pasar por mi garganta

la dulce gota de la miel divina.

Benjamín Fdez. 15-10-2018

 

 

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LA ABUELA

LA ABUELA

 

¿Cómo llegó a tu vida esta vejez

que tú nunca quisiste?

¿Qué voluntad humana o sobrehumana

quiso agredir tus dilatados años?

Piensa, recuerda, olvida tus dolores

por un segundo y recuerda;

revive aquellos días de tu añorada infancia,

agredida también como esta ancianidad que te acobarda.

No te duermas todavía, aun nos tienes que contar

cómo llenabas el botijo en la alberca

y cómo se lo llevaba el tren de tu memoria.

Benjamín Fdez. 10-10-2018

 

 

LA TÍA FLORA

LA TIA FLORA

 

Y aquí estamos, recién salidos de los columpios y el tiovivo regalándole esta foto a la posteridad y a la tía Flora; la triste, la soltera, la resignada tía Flora, para que la pusiera en lo alto de la cómoda en aquella casa siniestra, oscura, en la que cuidaba de su madre, mi bisabuela Anastasia, a la que recuerdo siempre sentada y sin pronunciar palabra. Tenía ya tantos años que había perdido la cuenta, la voz y las ganas de vivir. Mi memoria no llega a recordar su muerte, quizás no hayan muerto y estén viajando enteras e incorruptas por los Campos Elíseos de mi fantasía. La tía Flora, la de la amarga sonrisa, la que colocó nuestra foto en un marco de madera encima de aquella cómoda entre otras fotos de gente que nunca conocimos. La tía Flora, la que nos subió al tiovivo y nos dejó aquí congelados para siempre en una deliciosa tarde de primavera.

Benjamín Fdez. 9-10-2018

CUEVAS DE VIÑAYO

CUEVAS DE VIÑAYO

La aldea

 

Viene el sol arrastrando su carro por encima de los Fueyos; viene quizás de Viñayo o tal vez de las Omañas, o de las dulces aguas del Órbigo viajero, y pasa por la aldea iluminando muros de casas renovadas, ¿rojas tejas para nuevos despertares?, y solares de derrumbadas paredes donde crecen las ortigas y se pudre el roble de sus vigas en el osario triste del olvido. Sube después cansado hasta las elevadas cumbres de las Pinganeras queriendo iluminar aquel ojo oscuro que le salió a la piedra, la cueva abovedada de arruinadas estalactitas donde se esconde el eco antiguo de unos nombres, sus vidas y milagros y las viejas leyendas que con sus sueños ardieron entre las abrasadas piedras del hogar.

Benjamín Fdez. 6-10-2018

 

PUGA

PUGA

 

Paseando, había enfilado por una de esas calles estrechas, empedradas, con sabor a tiempo antiguo y donde rara vez te encuentras con otros paseantes. De pronto, salida de no se sabe dónde, una figura de hombre de edad parecida a la mía, se me acerca lentamente, como dándome tiempo a descifrar su enigmática sonrisa. Esa cara…esa cara…-pensaba yo- esos brazos musculosos… no puede ser… pero si es… no puede ser…sí, sí, ¡es Puga! Posiblemente habrían pasado ya cincuenta años desde la última vez que nos vimos y no en esta ciudad precisamente. ¡Qué cosas tiene la vida! Vamos y venimos en el tiempo como cantos rodados. Puga vivía en la calle A, en uno de esos edificios que ya entonces eran viejos y un punto desoladores y que aún subsisten a pesar del deterioro, habitados por magrebíes y subsaharianos. Era un espíritu libre, indómito; a su corta edad le habían jodido ya demasiadas veces como para creer que la justicia era ciega. Aprendió muy temprano que los palos caían siempre del mismo lado desequilibrando el fiel de la balanza. Nunca pretendió salvar el mundo, pero cuando se trataba de defender una causa, lo hacía a brazo partido, siempre al lado de los débiles, de los desheredados como él, de los parias marginados por el sistema. Se pegó con jefes que le escamoteaban el sueldo, con policías que abusaban de su poder, con chavalones pagados de sí mismos que venían a nuestro barrio buscando bronca y con proxenetas maltratadores. Entraba y salía de calabozos y reformatorios molido a palos, pero nunca lograron torcer su voluntad ni su particular sentido de la justicia. Para las gentes de la buena sociedad, Puga era un delincuente, una mala influencia. Para nosotros, chavales de quince años, fue siempre un amigo, un corazón abierto. Y de pronto todo se transforma; la calle empedrada se ha vuelto rio tempestuoso por el que se precipita rauda la fría barca del recuerdo con Puga en su interior.

 

Benjamín Fdez. 29-9-2018

ALLÁ ARRIBA

Allá arriba

donde la cordillera suaviza sus crestas de caliza,

surge la vida, vegetal destino,

en forma de “reinetas”.

Tántalo alarga sus manos

y solo encuentra en el árbol

deseos inalcanzables.

Huye el fruto en la distancia.

Benjamín Fdez.

PLEGARIA

PLEGARIA

 

Nosotros te creamos, señor dios omnipotente,

te dimos taumatúrgicos poderes

y pusimos tu ojo triangular en el rincón más luminoso del cielo;

mil leyendas inventamos para hacerte grande, único.

Nosotros, sí, torpes, insensatos demiurgos,

te creamos con el tosco barro de nuestros miedos

y el destilado aroma de nuestros sueños.

Pero luego vinieron los exégetas

a envolver la entelequia en el misterio

y a sangre, hierro y fuego impusieron la más grande

de las verdades: la mentira. Nuestra propia mentira.

Y aquí estamos ahora, enajenados, alienados, expuestos,

solos, señor, solos como siempre lo estuvimos;

viendo a la gente morir en nuestros mares,

viendo correr la sangre a borbotones

en todos los rincones del planeta y todavía

habremos de escuchar que somos los culpables de tu ira.

Polvo y ceniza, señor, polvo y ceniza y nada más.

 

Benjamín Fdez. 16-9-2018

 

 

 

VALHONDILLO

VALHONDILLO

 

Desde aquella despensa que su hija había habilitado como habitación para ella y en la que al poco había de morir, Eugenia Galán trataba de dar vida a unos recuerdos que surgían de las nieblas de su memoria, esquivos y reticentes, como si quisieran evitarle un dolor innecesario. –Madre- murmuró, y su murmullo se apagó en la oscuridad de aquel cuarto sin ventanas en el que apenas cabía la cama. –Madre- repitió, y vio como en un relámpago, la cara redonda de su madre, las negras guedejas recogidas en un moño y el hato de ropa que cargaba camino de Valhondillo. Se sentía feliz bajando hasta el arroyo con su madre y las otras mujeres, corriendo y brincando como un cabritillo salvaje. No había vuelto a vivir momentos como aquellos. Entonces no era consciente de lo que aquel trabajo suponía para su madre. Tener que cargar casi a diario aquel montón de ropa ajena venida de Talavera; lavarla, secarla y plancharla por un salario de miseria. Desgraciadamente la vida se encargaría de abrirle los ojos pocos años después cuando, apenas una mocita, la mandaron a servir a casa de unos señoritos. Valhondillo, que cerca estás y qué lejos se van quedando tus aguas y qué frías las piedras de tus lavaderos. Del otro lado de la puerta le llegaba en sordina el run run de un televisor.

Benjamín Fdez. 8-9-2018

EL LOBO

EL LOBO

 

Ya iba para el otoño; un viento frio descendía de las cumbres barriendo las cunetas y un sol a medio cocer, estrellaba sus rayos en las aristas de los tejados. En el contraluz de la mañana y a lo lejos, se recortaban las siluetas oscuras de un hombre y una montura. Despacio como el que no tiene prisa, entraron en el pueblo. El hombre vestía humildemente acorde a los tiempos que corrían; llevaba una boina al estilo montañés, unos pantalones de mahón azul remendados de rodilla para abajo y unas botas militares que quizás hubiese encontrado en alguna de las muchas trincheras que jalonaban aquellas montañas. De las mangas de la chaqueta de pana, que le quedaba pequeña, sobresalían las de un jersey de burda y áspera lana. Terciada a la espalda colgaba la escopeta con el cañón boca abajo. Detrás de él y sujeto por un ronzal de cuero, venía un pollino de aspecto triste cargando con un armatoste de madera en el que habían encajado los despojos del animal muerto. Yo miraba la cara del hombre, curtida por los fríos vientos de los neveros; miraba sus ojos hundidos y recelosos que reclamaban admiración y dinero por haber dado muerte a la bestia dañina: al lobo. Y miraba también la cara y los ojos nobles y encendidos, a pesar de la muerte, de aquel dios de las montañas, inteligente y sagaz, valiente y atrevido, que solamente cazaba para sobrevivir. Mientras toda aquella gente que se arremolinaba en torno del borrico, aplaudía el crimen cargada de razones, yo derramaba lágrimas de desconsuelo. Cuantas historias oí contar después a lo largo de los años en aquellos pueblos de mi querida tierra. De la Magdalena a Otero, de Viñayo a Piedrasecha, de Carrocera a Cuevas. Historias que han hecho del lobo en mi imaginario infantil, un animal de leyenda.

Benjamín Fdez. 2-9-2018

MIEDO

MIEDO

 

Aunque creamos que no,

salimos con miedo de la infancia;

decían que nos educaban en el respeto,

pero todo era miedo.

Miedo al hombre del saco, al sacamantecas,

miedo a la cigüeña que venía sin que la llamaran,

miedo al lobo y a las escopetas,

miedo del cordero llorón,

miedo a los uniformes verdes, blancos y negros,

miedo a que te encerraran en la despensa

por haberte meado en la cama,

miedo al cura que te castigaba con el infierno,

miedo al infierno y miedo al cielo

que traía las tormentas,

miedo al castigo y a la vara del maestro,

miedo al sarampión y a la varicela,

miedo a la oscuridad y a la muerte prematura.

¡Ah! Que recuerdos de aquella infancia tan lejana…

y tan feliz.

 

Benjamín Fdez. 28-8-2018